Los romanos en la mesa

Por: Claudia González/Bco L.

La sociedad romana, como la griega, consideraba la conversación como el placer supremo. La gastronomía era un pretexto más para la socialización, al igual que en el foro, el gimnasio, los baños o incluso restaurantes o fondas. Los banquetes romanos son bien conocidos por sus excesos, pero ¿Qué hay verdaderamente detrás de la gastronomía de la nación más próspera, rica y poderosa de la antigüedad?

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Los romanos acomodados casi siempre tenían invitados a comer y a menudo celebraban grandes banquetes o convivii, amenizados con festejos y espectáculos que usualmente duraban noches enteras o hasta varios días. Al llegar los comensales, los esclavos les lavaban los pies y los conducían hasta los biclinia o triclinia – divanes para dos o tres comensales – , los cuales se acomodaban de tres en tres alrededor de cada mesa, dejando el cuarto lado libre para el servicio. La mesa era cubierta con una especie de servilleta grande llamada mantelium que significa holgado en latín. Las servilletas como tales eran consideradas un lujo y solía llevarlas cada invitado para además de limpiarse, poder envolver en ellas los restos de comida.

A la luz de las lámparas de aceite, los invitados y el anfitrión intercambiaban regalos y signos de reconocimiento.La comida principal era la cena y constaba de tres partes.

La exquisitez y variedad de los platillos servidos hacían una práctica común entre los comensales el vómito voluntario para permitirse seguir comiendo. Los mosaicos nos hablan de los alimentos consumidos por los romanos: ensaladas, huevos, diferentes tipos de carne y pescado, gran variedad de frutas y al parecer, también disfrutaban de aceitunas, pescado en salazón y del garum –salmuera hecha con especias y vísceras de pescado. El vino era por supuesto, el motivo de ser los banquetes y la bebida común de todos los días – las legiones romanas llevaron consigo la vid a todos los nuevos territorios y sembraron en Borgoña, champaña, coñac, el Rin, etcétera.

Uno de los más populares anfitriones de roma republicana era Lucio Licinio Lúculo , un hábil general y político , poseedor de una vasta fortuna , que edificó una suntuosa villa en el monte pinicio con doce comedores ,dedicado cada uno a una deidad distinta. Según el comedor en el que quería comer, su mayordomo conocía la cuantía del festín.

Se dice que Lúculo trajo una nueva variedad de cerezo a Europa, pero es más famosa la anécdota que nos cuenta Plutarco en sus vidas paralelas: Otro día que cenaba solo y no tenía ningún invitado a la mesa, sus criados le sirvieron una cena mediocre y él se enfadó y llamando a su mayordomo le riño. El mayordomo, para excusarse, le dijo que como no había prevenida persona invitada había creído que no debía haber servido una cena más suntuosa.
<< Cómo, bribón – respondió Lúculo – ¿no sabías que Lúculo cenaba esta noche en la casa de Lúculo? >>

La mala fama de los banquetes romanos proviene quizá de las exageraciones de los hábitos disolutos de los glotones emperadores Calígula y Nerón – Nerón es de hecho recordado por su rolliza complexión.
Justamente en tiempos de este último, cuando un gran anfitrión romano y amigo del emperador, cayó Petronio inmortalizó de forma burlona los convivii en su novela El Satiricón – a éste a su vez sublimado excéntricamente por Federico Fellini en un filme homónimo — con el falto de clase, ostentoso y pedante en demasía <<Banquete de Trimalción >> tan bien escrito por Encolpio —el granuja protagonista—así:

<<Aquello parecía un coro de pantomimo y no un comedor de casa particular>>

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