¿Olor a rancio?

Pese a que muchos insisten en recalcar el desgaste mediático de la figura del zombi, su fétido aroma es más que perceptible en este época. Muchos culpan –y no puedo cuestionarlos- a la popular teleserie The Walking dead (2010 a la fecha) de ello. Incluso el padre del cadáver reanimado (contemporáneo), George Andrew Romero, le atribuye la pérdida de interés en su obra. En cierto modo tiene razón. Han sido explotados casi hasta el hartazgo.

Los espacios publicitarios del mencionado programa usan a estos monstruos como pretexto para anunciar toda clase de mercancías, desde vehículos, hoteles y teléfonos celulares hasta café instantáneo y chiles jalapeños. La verdad es que no deja de sorprenderme que la televisión nacional no se haya inaugurado una moda que bien podría denominarse Zombis Región 4.

Pero no todo está perdido. En la pasada década, han surgido propuestas interesantes que dan nueva vida –o no vida– al reviniente. Películas como El desesperar de los muertos (Shaun of the dead, Edgar Wright, 2004), REC(Jaume Balagueró y Paco Plaza, 2007), Tierra de zombis (Zombieland, Ruben Fleischer, 2009), la curiosidad cubana Juan de los muertos (Alejandro Brugués, 2011), Cooties (Jonathan Milott y Cary Murnion, 2014) o A la *&$%! con los zombis (Scouts guide to the zombie Apocalypse, Christopher B. Landon, 2015) son la mejor muestra de ello. Y si somos estrictos, la gran mayoría no son enteramente cintas de horror. Son híbridos respetuosos de dos géneros aparentemente irreconciliables. Unos más afortunados que otros, por supuesto. No se mofan de nuestros héroes (los zombis), sino de las reacciones humanas y las situaciones que conocemos bien gracias a los especímenes más brillantes de su tipo. Especialmente la primera de ellas, la producción británica que abre la llamada Trilogía Cornetto, diserta con gracia e inteligencia sobre temas que propone el mismo Romero desde su trabajo fundacional: el terror de las masas, la deshumanización y la voracidad de la sociedad de consumo.

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Justo cuando crees que se ha dicho todo en lo que a zombis respecta, que incluso se han convertido en productos para devoradores de los “vampiros” adolescentes (Mi novio es un zombie, Warm bodies, Jonathan Levine, 2013), te encuentras con delicias inesperadas como Seoul Station (2016), cinta Sudcoreana de animación dirigida por Yeon Sang-ho. Pude verla dentro de la anterior emisión de Mórbido. En cambio, las abismales distancias citadinas me impidieron asistir a Miruthan (Shakti Soundar Rajan, 2016), el primer filme indio de este verdadero subgénero. Pero regresemos a Seoul station. Si somos severos, se trata de otra historia sobre el inicio de la pandemia que lleva al fin de la civilización. Pero su insólita factura es la que la hace destacar, con sus salvajes y veloces engendros (muy en deuda con los zombis correlones de Danny Boyle) y sus notorias redes venosas póstumas (uno de los principales signos cadavéricos) en sus extremidades. No puedo negar la cruz (Forense) de mi Parroquia.

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En sólo unos días, para contrarrestar la melcocha navideña, podremos ver su secuela (aunque desde su inicio la anterior fue concebida como una precuela) Train to Busan (aquí en México será bautizada como Estación Zombie), cinta de acción en vivo –o live action) de Yeon Sang-ho. Su atractivo avance y alentadoras críticas nos exigen verla, sin importar nuestra reticencia. Porque, nos guste o no, los zombis están más vigentes que nunca.

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